| Corralito en USA |
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| Thursday, 21 de February de 2008 | |
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La caída a nivel mundial del precio de las acciones arrastra en su camino a muchas víctimas: fondos de pensiones, empresas de seguros, fondos de inversión de alto riesgo, empresas de servicios financieros… Sin embargo, todos ellos tienen capacidad y entereza, si son inteligentes, para soportar una venta masiva. Incluso algunos utilizan las ventas en corto o los productos derivados para obtener beneficios de la caída de los precios. ¿Cuáles serán las consecuencias para el pequeño inversor, para el individuo que está invirtiendo pequeñas sumas con vistas a su jubilación o para hacer frente a la universidad de sus hijos? ¿Debería abandonar la escena? ¿O debería considerarlo una oportunidad de compra y de invertir más dinero en bolsa? Ninguna opción es buena cuando los mercados caen en picado. Ésa es la opinión de la mayoría de expertos entrevistados por Knowledge@Wharton, los profesores de Finanzas de Wharton Jeremy Siegel, Richard Marston, Richard Herring y Franklin Allen; Jack Bogle, fundador de Vanguard Group, la empresa de fondos de inversión; y el profesor de Economía de Princeton Burton J. Malkiel, autor de Un paseo aleatorio por Wall Street. Allen cree que los inversores deberían ser lo suficientemente inteligentes como para cambiar las acciones por la seguridad de los valores del Tesoro a corto plazo; sin embargo dicha opinión no es compartida por el resto, que sugieren que la mejor respuesta es no hacer nada, esto es, mantener el tipo y asumir que, a largo plazo, los valores seguirán obteniendo los excelentes rendimientos –superando los de los bonos y también la inflación- que llevan proporcionando durante más de un siglo. Si un pequeño inversor quisiese hacer algo, la mejor decisión sería ajustar regularmente la composición de su cartera de valores para así tener la combinación deseada de acciones, bonos y efectivo, sostienen. “Creo que la decisión más evidente –menos acciones de empresas financieras, más de mercados emergentes-, ya tienen un precio tal que no va a proporcionar rendimientos extraordinarios”, explica Herring. “Soy muy escéptico sobre la capacidad de la mayoría de los inversores para predecir el rendimiento. Creo que la mayoría de la gente estaría mejor manteniendo su misma asignación estratégica y reajustándola si las fluctuaciones del mercado les ha alejado demasiado de su objetivo. Lo siento mucho; es un consejo totalmente estándar”. ¿Se avecinan de nuevo malas noticias? Allen, el más pesimista de los seis entrevistados, sostiene que Estados Unidos podría hundirse en una crisis como la que se vivió en Japón en los 90. “La gente pensó que las cosas podrían volver rápidamente a la normalidad pero no fue así. Se trata de un escenario que también podríamos tener en nuestro caso”. Allen recomienda adoptar una posición altamente defensiva, vendiendo activos para adquirir valores del Tesoro a corto plazo. Incluso depositar los ahorros en el banco podría ser una opción muy poco atractiva, ya que, aunque cuenten con la garantía federal, los clientes podrían sufrir retrasos a la hora de recuperar sus inversiones en caso de que el banco se declare en suspensión de pagos, advierte Allen. A Allen le preocupa que aún se avecinen muchas malas noticias a medida que la crisis crediticia se propague desde las hipotecas subprime hasta las tarjetas de crédito u otro tipo de débito. La Reserva Federal, señala, ha infravalorado repetidamente los problemas, primero afirmando que la crisis de las hipotecas subprime ya estaba controlada y luego diciendo que la recesión podía prevenirse. Asimismo, muchos inversores institucionales y firmas financieras están manteniendo sus valores, como bonos con garantía hipotecaria que ahora son imposibles de valor con precisión; podría pasar mucho tiempo hasta que la confusión se disipe. “En estos momentos hay mucho riesgo”, dice Allen. “No creo que la gente comprenda muy bien qué está pasando”. Aunque los datos económicos muestran una desaceleración en Estados Unidos y sugieren la probabilidad –creciente- de una recesión, esta información no es de gran utilidad para los inversores, dice Marston añadiendo que incluso si se supiese la fecha concreta en que va a comenzar y finalizar la recesión, no sería posible predecir los movimientos en el mercado de valores. “Para tener éxito comprando efectivo y después volviendo a las acciones, primero deberíamos ser capaces de determinar si de verdad vamos a entrar en una recesión”, señala Marston. “No lo sabemos hasta unos 12-18 meses después de iniciada la recesión. Ese es el tiempo promedio que un comité experto en ciclos económicos del NBER necesita para decidir que una recesión ha comenzado”. El National Bureau of Economic Research (NBER) es una organización de investigación sin ánimo de lucro que identifica el inicio y final de las recesiones, pero debido al retraso con que se recopilan los datos, siempre una vez éstas han comenzado. “Incluso si tuviésemos esos datos, necesitaríamos saber cuando abandonar el mercado y cuando entrar”, añade Marston. “Los mercados normalmente empiezan a caer antes de que empiece la recesión, pero no se sabe cuánto tiempo antes. En las últimas nueve recesiones dicho tiempo estuvo comprendido entre el mes y los 13 meses”. Normalmente las acciones empiezan a subir antes del fin de la recesión, pero en cada una de esas nueve recesiones –desde 1953 a 2001-, se recuperaron en diferentes momentos temporales, desde 8 meses antes del fin de la recesión hasta 12 meses después. Los inversores pueden consolarse con el hecho de que las acciones suelen recuperarse una vez alcanzado un mínimo durante la recesión. Tomando como referencia el mínimo de mercado, los beneficios han sido del 59%, 34% y 39% una vez finalizadas las recesiones de 1982, 1991 y 2001 respectivamente.Fuente: America economia
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| Modificado el ( Thursday, 21 de February de 2008 ) |
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